Sesenta años de silencio oficial
Después del martirio de febrero de 1928, la memoria del padre Toribio Romo quedó, por varias décadas, confinada a la escala familiar y del rancho. Había razones de orden político: los Arreglos de 1929 entre el gobierno federal y la jerarquía episcopal, negociados por el embajador estadounidense Dwight Morrow, habían suspendido el conflicto armado pero no habían resuelto las causas. La Iglesia mexicana entró en un largo período de prudencia. Exaltar públicamente a los mártires recientes podía reabrir heridas que ambas partes preferían dejar cerradas.
Durante los años treinta, cuarenta y cincuenta, la devoción a los mártires cristeros se mantuvo en los pueblos, en las familias, en la correspondencia íntima, pero no se promovió desde el episcopado con la misma intensidad con que se había canonizado, por ejemplo, a los mártires de la Guerra Civil Española — un proceso que avanzó con mayor rapidez en Roma. México, en este sentido, fue lento y deliberado.
El padre Román Romo, hermano del mártir, dedicó cuatro décadas a un trabajo discreto de conservación: recogió testimonios de testigos oculares mientras aún vivían, organizó los datos biográficos, logró el traslado de los restos al santuario de Santa Ana en 1948, construyó la Iglesia de la Mesita, y mantuvo una correspondencia activa con familias de Los Altos establecidas en Estados Unidos para que la memoria no se perdiera. Murió en 1981, once años antes de que el trabajo diera frutos.