Capítulo I

Vida de un cura rural

De Santa Ana de Guadalupe al exilio en la barranca de Agua Caliente. Los veintisiete años del sacerdote jalisciense que nunca quiso salir del campo.

Los Altos de Jalisco · 1900

Santa Ana de Guadalupe

Santa Ana de Guadalupe es una ranchería. No un pueblo, no una ciudad: una ranchería. Pertenece al municipio de Jalostotitlán, en la región de Los Altos de Jalisco, a 11 kilómetros de la cabecera municipal y a media hora del santuario mariano de San Juan de los Lagos. En 1900 tenía menos de doscientos habitantes y en 2026 sigue teniendo menos de cuatrocientos. Los Romo llevaban viviendo allí desde principios del siglo XVII, cuando llegaron desde Vivar — el mismo pueblo castellano donde nació el Cid — y se instalaron en la cañada.

Toribio Romo González nació en Santa Ana el 16 de abril de 1900, a las cuatro de la mañana. Fue el tercer hijo de Patricio Romo Pérez y Juana González Romo, campesinos católicos. Al día siguiente lo llevaron a bautizar a la parroquia de la Virgen de la Asunción, en Jalostotitlán. Tuvo dos hermanos que importan a esta historia: su hermana mayor María, que le enseñó las primeras letras y que estaría presente en el momento de su muerte, y su hermano menor Román, que también sería sacerdote y que se encargaría, después, de escribir la hagiografía y promover la causa de beatificación.

Los padres de Toribio eran pobres pero no miserables. Tenían una casita de adobe y algunas tierras. María, la hermana mayor, vio temprano que Toribio era un niño distinto: serio, callado, metido en la iglesia del pueblo desde los seis años como acólito. Cuando cumplió doce, María convenció a sus padres — que dudaban, porque hacía falta en el campo — de que lo mandaran al seminario auxiliar de San Juan de los Lagos. Ingresó en 1912. Tenía doce años y cuatro meses.

El seminario y la Revolución

Los años del seminario de Toribio coincidieron con los años de la Revolución Mexicana. Mientras él memorizaba latín y filosofía tomista en San Juan de los Lagos y después en el seminario mayor de Guadalajara, el país se desgarraba: Madero, Huerta, Carranza, Obregón, Villa, Zapata. Los seminarios se cerraban y reabrían al capricho de la política local. En varios momentos los seminaristas tuvieron que estudiar en casas particulares, con los libros escondidos.

Toribio fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1922, en Guadalajara, con permiso especial del obispo porque apenas tenía veintidós años y el derecho canónico exigía veinticuatro. Celebró su primera misa solemne en la capilla de su pueblo natal, dedicada a la Virgen de Guadalupe. Se dice que esa mañana pidió a Dios una gracia que después repetiría cada día de su vida: «Señor, no me dejes ni un día de mi vida sin decir la Misa, sin abrazarte en la Comunión». La oración se cumplió.

1922 – 1927

Cinco parroquias

Antes de llegar a Tequila en 1927, el padre Toribio fue enviado a cinco destinos distintos, todos en el estado de Jalisco. En ninguno duró mucho. Algunos de estos traslados fueron por necesidad pastoral; otros, por conflictos con párrocos que no entendían su manera de trabajar con los pobres y los indígenas.

1922 · Sayula

Primera asignación como vicario cooperador

Apenas ordenado, el padre Toribio fue enviado a Sayula como auxiliar del párroco. Ahí se hizo notar por su celo eucarístico y su insistencia en la catequesis de los niños más pobres. Muchos no sabían leer y no habían sido catequizados nunca.

1923 · Tuxpan

Vicario en la sierra del sur de Jalisco

Tuxpan, en la zona sur, con una comunidad indígena considerable. El padre Toribio organizó allí su primera escuela catequística rural. Empezó también a interesarse por el pensamiento social católico de la Rerum Novarum de León XIII, lo que le valió algunos conflictos con pastores más conservadores.

1924 · Yahualica

Párroco joven en el norte de Los Altos

Breve estancia en Yahualica. De aquí vendrá una anécdota póstuma: en la carta testamento que dejó la víspera del martirio, Toribio encargó a su hermano Román pagar «tres pesos cincuenta centavos que le quedé debiendo al señor cura de Yahualica». No quería morir con deudas, ni siquiera menores.

1925 · Cuquío

Con el futuro santo Justino Orona

En Cuquío encontró por fin un párroco que lo entendía: el padre Justino Orona Madrigal, que también sería canonizado en 2000. Juntos trabajaron con los campesinos, fundaron una bolsa de ahorros y una cooperativa. La gente del pueblo decía que en Cuquío «anochecían cristianos y amanecían cristeros» — el fervor religioso se mezclaba con la indignación por las políticas anticlericales.

Julio 1926 · Ley Calles

El culto público, prohibido

El 14 de junio de 1926 el presidente Plutarco Elías Calles promulga la Ley que lleva su nombre, reglamentando los artículos 27 y 130 de la Constitución de 1917. El 31 de julio los obispos mexicanos suspenden el culto público. El padre Toribio queda en la clandestinidad.

Noviembre 1926 · Levantamiento

La revuelta de Cuquío

Los cristeros de Cuquío se alzan en armas contra la guarnición federal. El padre Orona y el padre Toribio tienen que huir. Empieza una vida itinerante: de casa en casa, de rancho en rancho, durmiendo donde pueden y celebrando misa a escondidas. En menos de un año el padre Toribio cambia de refugio una docena de veces.

Septiembre 1927 · Tequila

Destino final

El obispo le ordena hacerse cargo de la parroquia de Tequila. Tequila era, en ese momento, uno de los lugares donde las autoridades civiles y militares más perseguían a los sacerdotes. Antes de partir, Toribio subió al cerro de Cristo Rey, cerca de Cuquío, y lloró. Sabía lo que le esperaba.

1927 · Fragmento del diario

La voz desde la clandestinidad

Durante los meses de huida itinerante, Toribio llevó un diario breve. Solo se conservan fragmentos, copiados por su hermano Román y difundidos después en las biografías canónicas. El pasaje que sigue está fechado alrededor del 24 de junio de 1927, cuando Toribio ya había cambiado de refugio varias veces y se acercaba el momento de aceptar la comisión definitiva a Tequila:

«Pido a Dios verdadero mande que cambie este tiempo de persecución. Mira que ni la Misa podemos celebrar tus Cristos; sácanos de esta dura prueba, vivir los sacerdotes sin celebrar la Santa Misa… Sin embargo, qué dulce es ser perseguido por la justicia. Tormenta de duras persecuciones ha dejado Dios venir sobre mi alma pecadora. Bendito sea Él. A la fecha, 24 de junio, diez veces he tenido que huir escondiéndome de los perseguidores; unas salidas han durado quince días, otras ocho… unas me han tenido sepultado hasta cuatro largos días en estrecha y hedionda cueva; otras me han hecho pasar ocho días en la cumbre de los montes a toda la voluntad de la intemperie; a sol, agua y sereno. La tormenta que nos ha mojado ha tenido el gusto de ver otra que viene a no dejarnos secar, y así hasta pasar mojados los diez días…» — Padre Toribio Romo, diario personal, ca. 24 de junio de 1927

El fragmento es uno de los pocos testimonios de primera persona que existen sobre la experiencia concreta de los sacerdotes clandestinos de la Cristiada. Lo que sobresale no es la queja — la hay, pero controlada — sino la yuxtaposición de lo físico y lo espiritual. «Hediondas cuevas» junto a «bendito sea Él». Diez huidas en seis meses, algunas de hasta quince días intemperie; y en medio, el agradecimiento. Toribio estaba construyendo, casi sin proponérselo, el vocabulario espiritual con el que más tarde los migrantes se identificarían: la fe como algo que se sostiene no en las palabras sino en el cuerpo que atraviesa el desierto.

La memoria familiar

El testimonio de Margarita Romo

Margarita Romo Enríquez, sobrina carnal de Santo Toribio — hija de Francisco Romo, hermano del santo — vivió setenta y tres años en el barrio de Santa Teresita de Guadalajara, donde se había instalado la familia Romo tras la guerra. Durante décadas fue una de las principales fuentes de memoria oral sobre Toribio. Su testimonio fue recogido por el postulador de la causa y publicado en varias biografías.

De los relatos que Margarita escuchó de labios de su padre Francisco y sobre todo de su tía María — «Quica» para los Romo —, uno de los más citados tiene por escenario la misma ranchería de Santa Ana hacia 1904 o 1905:

«En una ocasión, allá en Santa Ana de Guadalupe, lugar donde nació el santo, Quica y su hermana Hipólita —a quien cariñosamente decían Pola— se encontraban haciendo un alba debajo de un mezquite, para el Cantamisa del padre Juan Pérez, quien iba a celebrar ahí. El pequeño Toribio, de cuatro o cinco años de edad, rondaba el lugar; llegándose a ellas tocó el alba y preguntó a Quica: —¿Qué están haciendo? —Una alba para el padre. —¿Algún día me pondré una de éstas? Pola se volteó y le dijo: "No se hizo la miel para el hocico de los burros". Quica, como reprendiendo a su hermana, respondió a Toribio: "Sí, no se hizo la miel para el hocico de los burros, pero tú te pondrás una de éstas", ante la admiración del pequeño y la misma Pola. Estas palabras resultaron proféticas.» — Margarita Romo Enríquez, sobrina del santo · Testimonio recogido por el proceso de canonización

El mezquite bajo el cual se cosía aquella alba es el mismo que hoy se conserva en el Museo Juan Pablo II del santuario, ahora bajo techo y protegido. La anécdota tiene el valor de una viñeta: el niño curioso, la tía devota, la otra tía realista, y la frase profética que Quica pronuncia sin saberlo. Margarita, al contarla décadas más tarde, añadía que también recordaba a Toribio y a Román jugando bromas pesadas de chicos — una vez, Toribio convenció a su cuñado Luis de hacerse pasar por muerto, y lo anunció en el pueblo, provocando alboroto hasta que le pegaron un cigarro encendido al «difunto». Un santo, pero no desde el principio. Un niño normal de ranchería alteña.

Agua Caliente · Septiembre 1927 – Febrero 1928

La barranca

El padre Toribio no podía vivir en el curato de Tequila: era el primer lugar donde lo buscarían. Tampoco podía salir del municipio sin órdenes, porque su obispo — el arzobispo de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez, escondido en las montañas — le había encomendado esa porción del rebaño.

La solución la ofreció un hacendado local, el señor León Aguirre: su rancho, en el paraje llamado Agua Caliente, a las afueras de Tequila, tenía una antigua fábrica de tequila abandonada. El edificio estaba en el fondo de una barranca, escondido de los caminos, rodeado de cañadas por las que se podía escapar si llegaban los soldados. Ahí se instaló el padre Toribio. Dormía en un catre, celebraba misa en la destilería vacía, salía de noche a visitar a los enfermos y a los moribundos de Tequila, volvía antes del amanecer.

Tequila, tú me brindas una tumba,
yo te doy mi corazón. — Palabras del padre Toribio al llegar a su nueva parroquia, recogidas por su hermana María

Los tres Romo

En diciembre de 1927 fue ordenado sacerdote Román Romo González, el hermano menor de Toribio. El obispo lo envió también a Tequila, como vicario cooperador. Los dos hermanos se repartieron el trabajo: uno celebraba misa en la barranca mientras el otro visitaba a los enfermos, y a la semana siguiente se cambiaban los papeles. A los pocos días llegó también María, la hermana mayor, a encargarse de la casa. Los tres hermanos — los dos sacerdotes y la hermana — compartían el refugio de Agua Caliente.

Fueron los cinco meses más felices y más tensos de la vida del padre Toribio. Felices porque por primera vez tenía a su familia junto a él y celebraba misa todos los días. Tensos porque los rumores de delatores llegaban cada semana, y él sabía que era solo cuestión de tiempo.

El presentimiento

Hacia mediados de febrero de 1928, el padre Toribio empezó a hablar de su muerte con una serenidad que inquietaba a su hermana. Le decía a Román: «Si me matan, tú sigue el camino. No te pares.» Un día, durante la cena, se levantó de repente, se arrodilló, y pidió que le dieran la absolución — «por si acaso». Los hermanos se miraron y obedecieron.

El miércoles de Ceniza, el 22 de febrero, el padre Toribio pidió a Román que le oyera en confesión sacramental y le diera una larga bendición. Antes de irse, le entregó una carta y le pidió que no la abriera hasta que él lo ordenara. Román la guardó sin preguntar. Tres días después entendió por qué.

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La madrugada del 25 de febrero de 1928 es la materia del siguiente capítulo. →

Fuentes citadas

  • Orozco (s.f.) — Luis Alfonso Orozco, «Toribio Romo González, Santo». Catholic.net. Biografía hagiográfica canónica, basada en testimonios recogidos por el Padre Román Romo.
  • Murphy (2007) — James Murphy, The Martyrdom of Saint Toribio Romo: Patron of Immigrants. Liguori Publications. Biografía en inglés, útil por el detalle sobre la ordenación y los años de Sayula, Tuxpan y Cuquío.
  • Romo (2010) — David Romo, «My Tío, the Saint». Texas Monthly, noviembre 2010. Ensayo del sobrino-bisnieto del santo. Contiene la referencia a la obra de teatro de 1920.
  • Meyer (1973) — Jean Meyer, La Cristiada (tomo II). Siglo XXI Editores. Contexto de la persecución en Los Altos de Jalisco y la arquidiócesis de Guadalajara clandestina bajo Orozco y Jiménez.
  • Aguilar Ros (2016) — Alejandra Aguilar Ros, «El santuario de Santo Toribio Romo en Los Altos jaliscienses: La periferia en el Centro». Relaciones. Estudios de Historia y Sociedad, 37(145). Trabajo antropológico sobre la genealogía del culto.
  • Martirologio Romano — Entrada oficial: «En la aldea de Tequila, en el territorio de Guadalajara, en México, santo Toribio Romo, presbítero y mártir, que a causa de su condición sacerdotal fue asesinado en tiempo de persecución religiosa (1928).»
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